Yo acuso al PRI

by / 0 Comments / 5 View / 06/02/2018

Todos debemos votar el próximo 1 de julio porque bien podría llegar a ser la última ocasión en que podamos hacerlo en los próximos años por venir, y si semejante hecho catastrófico pudiera llegar a darse dentro de la dolorida historia electoral de México, yo acusaría, sin duda alguna, al PRI de la debacle que viene.

Cuando la mal llamada alternancia del poder encabezada por el PAN (en realidad un patético continuismo), fracasó escandalosamente y el PRI volvió a Los Pinos en razón de la evidente decepción del electorado nacional, el partido tricolor se encontraba ante la dorada oportunidad de enmendar los errores históricos para darle la vuelta al país como a un calcetín, tal y como lo hizo el presidente Lula, hoy en desgracia, al rescatar, entre otros éxitos, a 28 millones de brasileños de la pobreza.

El promisorio inicio de la actual administración sorprendió no solo a México, sino al mundo entero. En los diarios y en las redes sociales se hablaba justificadamente del “Mexican Moment.” Se había logrado la proeza política de legislar las tan ansiadas reformas estructurales en un país con una escasísima capacidad de transformación. Nos tardamos, nada más y nada menos, que 76 años en revertir la burocratización de la energía ejecutada por Lázaro Cárdenas, uno de los más eficientes destructores de la economía nacional en el siglo XX. Por supuesto que los veneros del petróleo, como bien lo decía el poeta, nos lo había escriturado el diablo.

Todo marchaba de maravilla, el optimismo de buena parte de la nación se convertía en euforia, hasta que aparecieron de golpe las ostentosas e inexplicables residencias conocidas como la “Casa Blanca”, la de Malinalco y la de Palmas, de Osorio Chong. Los ciudadanos que volábamos ilusionados hacia el infinito, nos estrellamos en la noche, a toda velocidad, contra un enorme muro de granito reforzado y nos desplomamos al piso como muñecos deshilachados con todas nuestras ilusiones y anhelos hechos astillas. Otra frustración más. ¡Horror! La nación entera arrugó el ceño. En el primer año de la administración el crecimiento económico se desplomó al 1% y se depreció el peso antes del desplome del precio del petróleo. Después, junto con el cinismo y el desprecio a la sociedad, aparecieron en la prensa los gigantescos desfalcos, robos, desviaciones de recursos, malversaciones de fondos, hurtos descarados, expropiaciones delictivas, peculados y abusos de toda naturaleza de los jóvenes gobernadores, los supuestos constructores del México moderno. ¡Otro horror! Nos volvimos a encontrar, cara a cara, con la muerte de la esperanza. ¿No tenemos remedio…?

Los millones de contribuyentes resentidos por la draconiana reforma fiscal instrumentada en el sexenio en curso, observamos impertérritos, cómo nuestros impuestos desproporcionados, extraídos obviamente en contra de nuestra voluntad, con un muy reducido espacio para deducciones, no tenían, además, el destino prometido ante una inexistente representación nacional propia de un congreso que solo representa sus propios intereses políticos desvinculados de los de la comunidad. Todo parecía indicar que las finanzas públicas, la federal y las locales se convertían en botines de la clase política. El hartazgo y la furia crecían por instantes en proporción al coraje hacia la clase política. ¿Cómo era posible que una parte del gigantesco esfuerzo económico nacional supuestamente destinado a las obras de infraestructura, a la salud, a la seguridad pública y a la educación, entre otros objetivos, fuera a dar a las cuentas privadas o a incrementar la riqueza mal habida de los funcionarios públicos? Cuando el enorme sacrificio tributario al que fue sometida brutalmente la nación se convirtió en desperdicio, el desencanto, a su vez, se convirtió en furia y la furia en deseos de venganza a ejecutarse en la urnas. Una mayoría de los mexicanos cegados por la ira en su justificada decepción, mucho más de lo mismo, se dispone ahora a acuchillar a un México inocente, de frente y por la espalda, cuando el gran culpable es el gobierno. ¿Por qué hundir el acero en las carnes de la patria cuando ésta es inocente de cualquier cargo?

Yo acuso al PRI porque es el único responsable de la crispación social, de la ira de la nación, del justificado apetito de venganza, del agotamiento de los contribuyentes, de la frustración y de la desesperanza que están arrastrando a una mayoría del país, ciega y sorda, hacia el despeñadero. Cada mexicano tiene en su poder un cuchillo de acero afilado llamado “boleta electoral”, con la que está dispuesto a inmolarse junto con el resto del país al volver a votar por el populismo, por haber olvidado las lecciones demagógicas de Echeverría y de López Portillo que detuvieron y retrasaron por muchos años las manecillas de la historia de México. Como bien dijera Winston Churchill: “Un país que olvida su pasado, no tiene futuro…”

Yo acuso al PRI como el único culpable de estar poniendo en charola de plata los supremos intereses de la Republica en manos de un sujeto violento, ignorante de las necesidades estratégicas marcadas por los tiempos modernos, un tirano camuflado dueño de la verdad absoluta, dispuesto a gobernar con recetas caducas extraídas del bote la basura de la historia, un político astuto, mañoso y perverso, pero no inteligente, quien capitaliza en su beneficio los monstruosos errores de un gobierno podrido y los utiliza en su campaña para vender una esperanza verborréica, que habrá de convertirse en inflación, en desempleo, en más devaluaciones monetarias, en más encono social, en más frustración y desazón que ya padecimos y hemos olvidado para nuestra desgracia.

Yo acuso al PRI de haber armado a la nación con afilados cuchillos para apuñalar a México y de no haber aprovechado la gran oportunidad histórica para reconciliarnos con la construcción de un eficiente Estado de Derecho, la mejor herramienta para acabar con la impunidad en el corto plazo y hacer respetar el grito histórico surgido de lo más profundo de la garganta de México: ¡Justicia, justicia, justicia!

Hoy, nuevamente sin justicia y con la putrefacción pública, vamos todos juntos al despeñadero… ¡Muera la inteligencia y viva la muerte! ¿No…?

Redacción: Francisco Martín Moreno para El Universal

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